Una pausa no creó una nueva identidad. Permitió reunir la práctica clínica, la escritura, la atención y las preguntas acumuladas durante más de veinte años.
Durante muchos años, mi vida profesional tuvo una estructura clara. La medicina organizaba los horarios, los vínculos, las responsabilidades y buena parte de mi identidad. Había pacientes, instituciones, equipos, decisiones clínicas, actualización permanente y una agenda que casi nunca terminaba cuando salía del consultorio.
Ese recorrido me dio muchísimo. Me permitió formarme, crecer, conocer personas y acompañar procesos humanos decisivos. También me dio un lugar reconocible: era el Doctor Imhoff dentro de una red médica en la que pacientes y colegas sabían quién era, qué podía aportar y qué esperaban de mí.
Durante mucho tiempo no imaginé esa identidad como algo que pudiera separarse del resto de mi vida. Ser médico no era solamente una profesión. Era una forma de mirar, de relacionarme con el sufrimiento, de responder frente a la incertidumbre y también de sentirme útil.
Sin embargo, una identidad puede ser verdadera y, al mismo tiempo, ocupar demasiado espacio. La vocación puede convivir con el cansancio. El reconocimiento puede convivir con una creciente dificultad para escucharse. Una carrera construida con convicción puede llegar a necesitar una pausa sin que eso invalide nada de lo anterior.
Una decisión que venía siendo conversada
En 2022, junto con mi pareja, comenzamos a considerar seriamente la posibilidad de detener nuestras carreras durante un tiempo y trasladarnos a Madrid. No fue una decisión repentina ni una reacción impulsiva frente a un mal día. Venía siendo pensada, conversada y evaluada desde hacía bastante tiempo.
También fue una decisión posible gracias a condiciones personales y materiales concretas. Habíamos trabajado intensamente durante muchos años y contábamos con una estabilidad que no todas las personas tienen. Reconocerlo es importante, porque una pausa de esta naturaleza no debería presentarse como una fórmula universal ni como una prueba de coraje individual.
Parar no siempre está disponible.
Hay responsabilidades económicas, familiares y profesionales que limitan esa posibilidad. Incluso cuando las condiciones existen, detenerse puede tener costos difíciles de anticipar. Se dejan rutinas, ingresos, lugares de pertenencia y una estructura que durante años ofreció dirección.
En mi caso, la parte más difícil no fue administrativa. Fue comunicarles la decisión a pacientes a quienes había acompañado durante mucho tiempo. Algunos habían atravesado conmigo diagnósticos, recaídas, tratamientos, cambios familiares y temores que no cabían completamente en una historia clínica.
Las reacciones fueron distintas. Hubo personas que se alegraron por mí y otras que sintieron miedo, desamparo, tristeza o enojo. Aquellas conversaciones me recordaron algo que la organización sanitaria a veces intenta volver invisible: un vínculo clínico verdadero no se interrumpe con la misma facilidad con que se cancela una agenda.
Dejar de trabajar durante un tiempo no significaba únicamente cerrar una etapa profesional. También implicaba separarme de relaciones que habían formado parte de mi vida durante años.
Dejar de ser el Doctor Imhoff
A comienzos de 2023 llegamos a Madrid. El cambio produjo una forma de silencio que al principio no fue necesariamente cómoda. Habíamos dejado atrás roles, reconocimiento, rutinas y una estructura profesional consolidada.
Pasé de ser el Doctor Imhoff en un entorno donde muchas personas me conocían a ser simplemente Gastón en una ciudad donde mi trayectoria no tenía una presencia inmediata.
Puede parecer un cambio menor. No lo fue.
La identidad profesional no se limita al nombre que figura en una tarjeta. Se construye mediante la confianza recibida, las decisiones tomadas, la experiencia acumulada, los espacios ocupados y la mirada de los demás. Cuando todo eso se detiene, aparece una pregunta que durante la actividad constante puede permanecer oculta: cuánto de lo que creemos ser depende del lugar que ocupamos.
Durante años, el Doctor Imhoff había sido una figura necesaria. Me había permitido asumir responsabilidades, decidir, sostener situaciones difíciles y construir una carrera. Pero no podía ser toda mi identidad.
La pausa me obligó a observar esa diferencia sin responderla demasiado rápido. No necesitaba rechazar al médico que había sido ni demostrar que podía convertirme en alguien completamente distinto. Necesitaba averiguar qué quedaba cuando la estructura habitual dejaba de confirmarme cada día quién era.
Parar no significa quedarse vacío
Los primeros meses permitieron algo elemental que durante años había quedado reducido: descansar, cocinar, leer, viajar, caminar, conversar y disponer de tiempo sin que cada intervalo debiera ser aprovechado para resolver otra tarea.
Al comienzo, la pausa parecía consistir sobre todo en hacer menos. Con el tiempo descubrí que también modificaba la manera de mirar.
Empezaron a volver preguntas que la intensidad profesional había dejado postergadas. No eran necesariamente preguntas nuevas. Algunas habían aparecido frente a pacientes y familias. Otras nacían de las dificultades de la rehabilitación, del funcionamiento de las instituciones o del cansancio de los propios profesionales.
La actividad clínica exige responder. Hay que interpretar síntomas, tomar decisiones, organizar tratamientos y acompañar procesos. Ese movimiento deja menos espacio para reunir retrospectivamente las preguntas que no pueden resolverse dentro de una consulta.
Al disminuir la velocidad, esas preguntas comenzaron a escucharse de otra manera.
¿Qué ocurre con una persona después de que recibe un diagnóstico correcto?
¿Qué significa recuperar una función si todavía no puede volver a participar en su vida?
¿Qué sucede con las familias, los cuidadores y los equipos que sostienen el proceso?
¿Qué condiciones de la vida contemporánea favorecen o dificultan la atención, el descanso y la regulación?
¿Qué le ocurre al médico cuando cuidar se convierte durante años en una exposición continua al dolor, la incertidumbre y la exigencia?
La pausa no produjo esas preguntas. Las hizo más audibles.
Uno nunca deja completamente de mirar como médico
Aunque había dejado la práctica formal intensa, no sentí que hubiera abandonado la medicina. Continué acompañando algunos casos puntuales a distancia, de una manera diferente y menos vinculada a la estructura cotidiana del consultorio.
Sobre todo, seguía mirando como médico.
Observaba una sociedad acelerada, tecnificada y sometida a una disponibilidad casi permanente. Veía personas cansadas, distraídas, sobreexigidas y con dificultades para encontrar espacios de recuperación. Veía profesionales sanitarios que conocían muy bien los mecanismos del estrés y, sin embargo, trabajaban dentro de sistemas que apenas les permitían regularse.
También veía con más claridad algunas tensiones de mi propio recorrido. Me había formado en una neurología rigurosa, científica y orientada a reconocer lesiones, síntomas y enfermedades. Esa formación sigue siendo la base de mi manera de pensar.
Al mismo tiempo, siempre había sentido interés por preguntas que excedían el marco estrictamente biomédico: la relación entre cerebro y experiencia, la influencia de los vínculos, la conciencia corporal, la atención, la filosofía y las prácticas contemplativas.
Durante la actividad profesional, esas dimensiones coexistían sin terminar de integrarse. La pausa no resolvió automáticamente esa tensión. Permitió reconocerla y trabajar con ella.
Escribir como forma de regreso
Buena parte de Neurología Social y Neurología de la Presencia nació durante ese período. Escribir no fue una actividad separada de la medicina ni una manera de sustituirla por una identidad de autor. Fue una forma de volver sobre la experiencia clínica con otra distancia.
Los pacientes reaparecían en la memoria, no solo por sus diagnósticos. Volvían las familias que intentaban entender qué ocurriría después, las personas jóvenes que recibían una palabra capaz de reorganizar su futuro, los cuidadores que respondían por todos y rara vez eran preguntados por sí mismos.
También reaparecían quienes habían recuperado una función y todavía no conseguían volver a su vida. Los equipos que intentaban trabajar juntos, las instituciones que facilitaban el cuidado y aquellas que lo fragmentaban. Los momentos en que sentí orgullo por la medicina que podíamos ofrecer y aquellos en los que esa medicina quedaba por debajo de lo que una persona necesitaba.
Esos recuerdos no podían convertirse en historias clínicas públicas ni en relatos identificables. Lo que permanecía eran las preguntas.
Escribir permitió reunirlas.
En Neurología Social, comenzaron a organizarse alrededor de la vida que rodea al cerebro: el diagnóstico cuando entra en una biografía, la rehabilitación cuando intenta convertirse en participación, las familias, los cuidadores, los equipos y las condiciones sociales que amplían o reducen posibilidades.
En Neurología de la Presencia, las preguntas se desplazaron hacia la experiencia interior: la atención, el cuerpo, la interocepción, los automatismos, la regulación y el margen que puede abrirse entre una experiencia y una respuesta.
Una línea miraba hacia afuera.
La otra, hacia dentro.
Con el tiempo comprendí que no eran dos búsquedas separadas. El margen interior de una persona siempre existe dentro de condiciones concretas, y ningún entorno puede comprenderse sin observar cómo es vivido por quienes lo habitan.
Un puente entre lenguajes
Después de la primera etapa de pausa apareció la posibilidad de cursar el Máster en Mindfulness en Contextos de Salud e Investigación de la Universidad Complutense de Madrid.
Llegué a esa formación con dos lenguajes que convivían en mí con cierta tensión. Por una parte, la neurología clínica y el criterio científico que habían organizado toda mi carrera. Por otra, una búsqueda contemplativa y personal que había comenzado antes, pero que todavía necesitaba mayor estructura, evidencia y discusión crítica.
No buscaba abandonar la ciencia ni reemplazarla por una explicación espiritual de la enfermedad. Tampoco quería descartar experiencias útiles simplemente porque no pertenecían al lenguaje en el que había sido formado.
Necesitaba un puente.
El máster no creó ese interés ni transformó súbitamente mi identidad profesional. Me ayudó a ordenar lo que antes estaba disperso. Aportó investigación, método, lenguaje académico, práctica supervisada y una mirada más cuidadosa sobre los alcances y límites de las intervenciones contemplativas.
Esa formación también me permitió reconocer un criterio que atraviesa el trabajo actual: integrar no consiste en acumular disciplinas, palabras o técnicas. Consiste en sostener la tensión entre diferentes formas de conocimiento sin confundirlas y sin permitir que una de ellas se presente como respuesta para todo.
La medicina aporta un lenguaje.
La neurociencia aporta otro.
La psicología, la filosofía, la sociología y las tradiciones contemplativas aportan preguntas y herramientas diferentes.
El desafío no consiste en mezclarlas hasta que pierdan precisión. Consiste en hacerlas conversar allí donde esa conversación ayuda a comprender mejor una experiencia humana.
La pausa no fue el origen de la autoridad
Hay una manera tentadora de narrar estos procesos: una persona desarrolla una carrera intensa, se detiene, descubre otra forma de vivir y comienza una etapa completamente nueva.
No es así como reconozco mi recorrido.
La pausa no reemplazó más de veinte años de práctica clínica. Tampoco convirtió retrospectivamente todo lo anterior en un error. La medicina me formó, me dio una vocación y me permitió acompañar a muchas personas en momentos decisivos.
Detenerme hizo posible revisar esa trayectoria con menos urgencia. Pude reconocer el conocimiento adquirido, el cansancio, las contradicciones, el ego, el compromiso y el privilegio de haber ocupado un lugar de confianza en la vida de tantos pacientes.
No encontré una identidad nueva que borrara a la anterior.
Encontré una manera de reunirlas.
Escribir fue, en ese sentido, una forma de regreso: no al mismo médico que había sido ni a la misma práctica que había dejado, sino a las preguntas que habían permanecido vivas debajo de la actividad cotidiana.
Continuidad, no reinvención
La distancia puede cambiar la forma en que vemos un recorrido. Desde dentro, una carrera suele percibirse como una sucesión de obligaciones, decisiones y etapas. Al detenerse, aparecen conexiones que antes quedaban ocultas.
La neurología clínica, la neurorehabilitación, las enfermedades desmielinizantes, el trabajo con familias y equipos, el interés por la atención, la práctica contemplativa, la formación académica y la escritura dejaron de parecer partes independientes.
Comenzaron a mostrarse como capas de una misma búsqueda.
Esa búsqueda intenta comprender el cerebro sin aislarlo de la vida que lo contiene. Mira la lesión, pero también la biografía. Observa la función, pero pregunta por la participación. Reconoce los automatismos y, al mismo tiempo, las condiciones sociales y tecnológicas que los favorecen.
A esta mirada la llamo hoy salud cerebral en tiempo presente.
No nació durante la pausa como una idea repentina. Se fue formando durante años de medicina y encontró, al detenerse la actividad más intensa, el tiempo necesario para organizarse.
La pausa no creó las preguntas.
Permitió escucharlas, escribirlas y reconocer que todavía podían conducir hacia otros lugares.
Este texto forma parte de una serie sobre trayectoria clínica, escritura y salud cerebral en tiempo presente.
